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  • Anna Berto
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La psitacosis en loros

La psitacosis, también llamada ornitosis, clamidosis, clamidiasis o el término incorrecto y confuso de “fiebre de los papagayos” es una enfermedad infecciosa causada por la chlamydophila psittaci. Pese a los nombres, no solo afecta a las psitácidas, sino que otras especies aviares también pueden infectarse. Por ejemplo, un estudio demostró que un 50% de las palomas callejeras en Madrid son portadoras asintomáticas.

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La chlamydophila psittaci  (antiguamente llamada clamidia psittaci) es una bacteria intracelular obligada que afecta a muchas especies aviares (psitácidas y otras) y a varias especies de mamíferos (caballo, ganado vacuno, ganado ovino, cervidos gato, perro y cobaya) causando la “psitacosis” en las primeras y la llamada “ornitosis” en otras aves y en mamíferos. Es una enfermedad muy contagiosa y muy temida en las colecciones de psitácidas ya que puede causar gran mortalidad. Es endémica de América del sur, pero gracias a las importaciones de psitácidas sin ningún control, hoy en día está extendida por todo el mundo. La prevalencia de la enfermedad en estado salvaje es desconocida, pero en psitácidas importadas a Alemania se vio en un varios laboratorios, que entre un 30-70% de las muestras enviadas a analizar eran positivas (tomando muestras de psitácidas y rapaces). Tiene un ciclo biológico diferente al de otras bacterias, mostrando una fase en forma de quiste (inactiva) y otra en forma activa. Por ello, es un parásito intracelular obligado, que necesita de las células de las aves para poder vivir y reproducirse. El detalle de que sean intracelulares dificulta mucho el diagnóstico etiológico en las aves.

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La forma de penetración en el organismo es mediante cuerpos elementales (su forma de resistencia) y penetra en las células donde pasa a convertirse en el cuerpo reticular y pasa a multiplicarse.

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Chlamydophila tiene diversas variantes con diferente patogenicidad; a grandes rasgos podemos diferenciar 5: psitácidas, paloma I, paloma II, anatidas y pavo, siendo la primera y la última causantes de zoonosis. La formación de anticuerpos por parte de las aves no le da una protección frente a la enfermedad.

 

El factor de virulencia de la bacteria lo determina una toxina y esta puede ser muy variable, jugando el factor de la recombinación de diferentes cepas cuando hay contagios interespecificos.  La susceptibilida a la infección depende también de la cantidad de cuerpos elementales que lleguen a los macrófagos y fagocitos, que en caso de ser elevado causan su destrucción. La persistencia de la bacteria (poco virulentas para la especie en cuestión) dentro de las células (incluso cuando la célula se reproduce, es muy posible que pase la chlamydophila a sus células hijas) es lo que crea portadores asintomáticos y puede transmitirlas a otras especies más susceptibles.

Los cuerpos elementales “libres” son destruidos en cuestión de días. La chlamydophila es sensible al calor, al formol al 1% en temperas mayores a 20ºC. El amoniaco y los disolventes lipidicos son muy poco efectivos para su desactivación. El Orbivet ® y el agua oxigenada también son efectivas para su destrucción. Cabe decir, que estas formas de resistencia precisan de materia orgánica para poder sobrevivir, con lo cual la buena higiene juega un papel muy importante para evitar transmisiones.

La transmisión se produce a partir de los cuerpos elementales presentes en el polvillo de las plumas y las heces (sobre todo, cuando se secan y se esparce su polvo). La transmisión de madre a pichones solo ha sido demostrada en periquitos (dentro del grupo de las psitácidas). La excreción de chlamydophilas puede ser continua o intermitente en heces, orina, fluidos nasales y lacrimales, mucosa oral y polvillo de las plumas. Sinceramente, no hay suficiente información para establecer los periodos en los cuales las aves están excretando la bacteria. También se ha visto la posibilidad de transmisión mediante mosquitos y piojos, pero está en estudio. La transmisión es siempre oral (por ingestión) y nunca por inhalación. El contagio a personas es exactamente igual y por ello es importante mantener una buena higiene de las aves y evitar dormir con aves no controladas en el mismo recinto, para prevenir contagios en caso de inmunosupresión de las personas.

Las ninfas son frecuentes portadoras asintomáticas de chlamydophila y pueden excretar la bacteria en sus heces durante mucho tiempo posteriormente a sufrir un cuadro clínico de la infección, que puede ser tan sutil como un simple moqueo de dos días. Los portadores pueden sufrir cuadros clínicos en periodos de stress llegando a ser muy graves en algunos casos. Existe la presencia de portadores asintomáticos que pueden portar la enfermedad incluso años sin manifestar ningún síntoma.

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Las aves jóvenes son más susceptibles a sufrir la enfermedad. Se ha visto que las amazonas y los guacamayos son más susceptibles que las especies asiáticas y australianas y sobre todo, las psitácidas africanas que son las especies más resistentes a la bacteria. Pero siempre hay excepciones. En aves adultas suele dar cuadros asintomáticos, mientras que en aves jóvenes la enfermedad puede ser muy grave o incluso mortal.

El periodo de incubación de la enfermedad es de mínimo un mes y medio, pero en periquitos se han reportado periodos de incubación de una semana.

Cabe decir que no hay ningún síntoma típico de la enfermedad en las aves. Cualquier síntoma que veamos en nuestras aves puede estar causado o no por la chlamydohila psittaci.

Cuanto a síntomas, las aves jóvenes expuestas a una cepa muy virulenta de la enfermedad pueden desarrollar una infección aguda que muchas veces acaba con la muerte del ave. Los síntomas de estas aves suelen ser embolamiento, hipotermia, temblores, conjuntivitis (sobre todo en cotorras), sinusitis, disnea, heces amarillentas (por afectación hepática), deshidratación, emaciación (adelgazamiento extremo) y la muerte en casi todos los casos en un periodo de 10-15 días. Estos síntomas citados pueden darse a la vez o mostrarse en cualquier combinación posible.

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La forma subaguda está caracterizada por adelgazamiento progresivo, diarrea verdosa, cuadros de conjuntivitis y exceso de uratos en las heces. Algunas psitácidas también desarrollan cuadros neurológicos como convulsiones, temblores y “desmayos”. En el caso de la ninfa esta descrito un cuadro de paresia flácida  y parálisis. En psitácidas australianas también se puede observar cuadros de queratoconjuntivitis sin ningún otro síntoma. Estos síntomas citados pueden darse a la vez o mostrarse en cualquier combinación posible.

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Según especies, catalogaríamos de resistentes a los grandes cacatuídos, que raramente sufren la infección y raramente actúan como portadores. Sin embargo, los psitácidos africanos (Loro vasa, loro gris, género poicephalus) y las amazonas son bastante sensibles a la enfermedad. Las especies más susceptibles son los guacamayos y la familia de los periquitos australianos (incluyendo a las ninfas) que muchas veces quedan como portadores).

La bacteria afecta severamente algunos órganos como el hígado dando hepatomegalia, necrosis miliar, peritonitis fibrinosa, bronconeumonía, saculitis y nefrosis entre otras lesiones visibles en la necropsia. En machos también puede dar orquitis causando esterilidad permanente (las ooforitis en hembras son muy raras). En el caso de la necropsia, los cuerpos LCL son un indicativo indiscutible de que el ave padecía la enfermedad.

Si se presenta un ave con estos síntomas habrá que hacerle un diferenciar con herpesvirus (enfermedad de pacheco), salmonelosis (en caso de cuadros digestivos y nerviosos) y mycoplasma (en caso de conjuntivitis).

El diagnóstico de la enfermedad incluye los siguientes pasos:

  • Historia clínica: es muy importante saber el origen del loro. Es más frecuente en aves “anilla abierta” y aves provenientes de mayoristas, por la frecuente entrada y salida de ejemplares y por las pobres condiciones higiénicas en muchos casos.
  • Radiografias: vemos aumento del hígado y aerosaculitis en muchos casos.
  • Analíticas: suele dar un proteinograma característico. También se observan subidas de los glóbulos blancos, de los monocitos y de los enzimas hepáticos.
  • Detección de anticuerpos (serología)
  • Detección de la bacteria (PCR)

La enfermedad puede ser detectada mediante serología (buscando anticuerpos) o mediante PCR, tomando como muestra sangre y raspados de mucosa oral y cloacal. Las aves pueden ser detectadas a partir de los 5 días post infección (en caso de muestras de mucosa) y a los 15 días post infección (en caso de muestras sanguíneas). Las aves que han empezado a ser tratadas pueden dar negativo pese a estar infectadas; y es por ello, que es importante no dar tratamientos a nuestros loros si no tenemos ningún diagnostico. La PCR es poco sensible, ya que las aves no excretan la bacteria de forma continua, especialmente si no muestran síntomas. Se recomienda tomar un hisopo de coanas, cloaca y sangre para abarcar todo tipo de muestras. También se puede buscar en heces, pero en ese caso se recomienda tomar muestras durante tres días seguidos.  Si hay una elevada sospecha, conviene combinar la PCR junto a la serología.

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En el caso de la serología, nos indica las defensas que el ave tiene frente a la infección: si son altas, puede ser indicativo de que hay una infección activa y el ave está luchando contra ella. Si son bajas, puede ser una infección en estadio inicial o simplemente contacto. O incluso, que el ave sufre también de una patología inmunosupresora o no ha recibido las defensas adecuadas en su desarrollo (aves de incubadora). En todos los casos, puede haber falsos positivos y siempre hay que demostrar seroconversión (es decir, hacer varias serologías a lo largo del tiempo para ver si los anticuerpos tienen tendencia a subir, bajar o a mantenerse).

El tratamiento frente a la psitacosis debe ser siempre bajo prescripción veterinaria y siempre con una PCR o una serología positivas en la mano. Los tratamientos a dosis o tiempo incorrecto pueden dar severos problemas en nuestra colección de psitácidas y están totalmente desaconsejados. Hay antibióticos realmente muy efectivos frente a la infección y si se coge a tiempo el ave tiene un pronóstico favorable. Existen tratamientos inyectables (son los más efectivos y los recomendados para casos graves), orales o en agua (los menos efectivos). Los tratamientos son siempre largos (45 días) y es muy importante respetar ese periodo de tiempo. Posteriormente a un tratamiento, se deben repetir las pruebas diagnosticas para garantizar que la bacteria ha sido eliminada y repetirlas al cabo de otro mes. Si tras dos análisis no hay evidencia de ADN bacteriano, se puede decir que el loro está curado. En algunos casos, hay recidivas por la no eliminación completa de la bacteria, pero suele ser en caso de tratamientos mal hechos.

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La mayoría de los casos reportados por parte del dr. Harrison de chlamydia en personas en Estados Unidos fueron adquiridos a partir de una carolina aparentemente sana. Es muy importante saber que se trata una enfermedad de declaración obligatoria en nuestro país y es una zoonosis. Se trata de una enfermedad de riesgo profesional, es decir, afecta principalmente a personas que trabajan en explotaciones ganaderas avícolas, en mataderos, en criaderos, en tiendas de animales, etc. (que tengan estrecha relación con un gran número de aves) pero a su vez, tiene muy baja prevalencia en humanos.